Brindemos por esos
abrazos que pocas personas saben dar. De esos abrazos que se dan con el cuerpo,
con el alma, de esos que hacen que se te cierren los ojos.
Por los abrazos en los que tu
cuerpo se imanta al de la otra persona, en los que la piel de la otra persona y
la tuya se convierten en una sola. Por esos en los que cuando sientes los
brazos rodeándote con fuerza te sientes
envuelta, protegida, creando una burbuja que te aísla de resto del mundo, impidiendo
que nada ni nadie pueda interferir en ese momento.
Porque esos abrazos te hacen
respirar profundo y escuchar al otro respirar tranquilamente, los que te
permiten confiar en esa persona, que te regalan una sonrisa, el sabor de la
alegría.
La sensación de ser solo uno, de
sentir tu alma absorbida por el calor del alma de la otra persona. Sensación de
seguridad, de saber que todo está bien, de esos que no duran un instante pero
tampoco son eternos, simplemente son de verdad.